

Podemos andar a buen paso, sin parar pero sin correr, camino del centro, sabedores de que a esa misma hora, la puerta de la carne está tomada por la cofradía de San Bernardo y la de Carmona por la de la Sed. De modo que hay que buscar un punto intermedio para adentrarse en el casco antiguo. No sería mala idea atravesar los jardines de Murillo en una tarde de primavera sevillana, gozar de su frondosidad y fuentes y continuar callejeando por el barrio de Santa Cruz, cuna de tabernas y restaurantes con sabor que pueden servirnos para almuerzo de semana santa.

Ahora toca cambiar de tercio completamente. Abandonamos los barrios y nos colamos en lo más profundo del centro. Por Carlos Cañal y Sagasta, atravesamos la carrefa oficial, para llegar al Salvador desde donde nos encaminaremos al final de la calle Cuna para ver a la hermandad del Santísimo Cristo de Burgos y Madre de Dios de la Palma revirar y adentrarse en la calle Orfila con las últimas luces de la tarde.Una marcha seria cualquiera acompasará la revirá, poco a poco con la derecha alante y la izquierda atrás, para adentrarse en post del primer paso en direccíon a Javier Lasso de la Vega. Admiramos por unos instantes el manto, iluminado por los candelabros de cola y sin perder más tiempo del preciso, con el regusto que nos deja la seriedad de una cofradía de centro, tomamos la Encarnación arriba y la calle Imágen para llegar a la plaza de San Pedro.
Entre los antifaces marrones y los escapularios del mismo color nos vamos abriendo paso para llegar al centro de la Cofradía. Al centro sentimental de la hermandad en el día de hoy. El palio se recorta por la calle Dormitorio, gateando poco a poco entre los muros desconchados de sus casas. El terciopelo es azul marino y el bordado en oro, la Virgen del Carmen, la hermosísima talla de la Virgen del Carmen doloroso, en torno a la cual se fundó la cofradía, el orígen y el germen de los antifaces marrones que dejamos atrás hace unos minutos, después de tantos años está en la calle, está recorriendo las calles del miércoles santo, ya de camino a su casa, a Omnium Sanctorum.
Las lavantás suenan entrañables, es la primera vez que esta dolorosa se pasea por las calles de Sevilla, en semana santa. La mecida suave de la mesa hace oscilar el haz de luz que se refleja en los muros aledaños. La noche de Sevilla recoge bajo su manto al miércoles santo, degustamos la revirá hacia la plaza del Cristo de Burgos, sin avanzar un ápice, sin retroceder tampoco, una revirá que culminará con unas zancadas de frente y una arriá para dar respiro a los costaleros. El Carmen Doloroso, hecho su sueño realidad, se encamina a su calle Feria en medio de la espectación.
Como no andamos muy lejos, vamos de marrón en marrón, de color de túnica por supuesto. Y del marrón del Carmen al marrón del Buen Fin. Tomaremos la calle Cuna arriba buscando la plaza del Salvador, donde sus túnicas franciscanas serán ya el camino del Señor.
La noche ya va haciendo sus estragos, y la Plaza del Salvador es lo suficientemente amplia como para buscar un recobeco en el que descansar unos instantes mientras la hermandad cruza de una estrechez a otra.
En poco aparece el crucificado. Erguido sobre el madero, girada la cabeza más que caída, sólo en el calvario que otrora ocupasen un soldado romano y José de Arimatea. No necesita a nadie, El se basta para llenar un paso cuyos candelabros son casi tan altos como el Cristo. El canasto es de líneas rectas aunque neobarroco y avanza por la plaza como un trámite de transición para llegar a la Calle Cuna. El miércoles santo se nos va marchando poco a poco como se adentra el Crucificado a los sones macarenos de la centura entre las fachadas.
No mucho después aparece el paso de palio de la Virgen de la Palma coronada, un palio historiado de originales bambalinas, por fuera de los varales y cargadas de bordados, hay quien piensa incluso que son más apropiadas para un altar fijo que para un paso en movimiento. Pero hete aquí la grandeza de la semana santa de Sevilla, y es que dentro de la monotonía de palios de cajón, de bambalinas recortadas, de caídas con formas y caídas uniformes, hay originalidades que dan los puntos y toques exóticos como el palio de las Penas de San Vicente o Montserrat, o el caso que nos ocupa de la Virgen de la Palma.
Con la candelería encendida aparece en la plaza procedente de Alvarez Quintero, ansiando la anchura para tomar aire, pues el tramo del que viene y al que se acerca son hermosísimos para verlos desde fuera y sufridísimos para vivirlos desde abajo. La levantá suena pesada, avanza poco a poco a los sones de la banda y cruza ante la atenta mirada del Maestro Montañés buscando el camino que marcan los largos capirotes marrones que preceden su paso.
Inmediatamente detrás del último músico de la banda, sin solución de continuidad, va la cruz de guía de la hermandad de la Lanzada. Hermosísimas túnicas de merino con antifaz en raso rojo nos anuncian la llegada de la corporación de San Martín. El cortejo está completamente estudiado, todo ello neogótico, en oro y rojo. Las distintas insignias no hacen más que anunciarnos la apoteosis que se avecina cuando aparece el misterio. Un misterio cuyo paso es gótico, de talla gruesa, pesado, con enormes ángeles mancebos en sus esquinas y un Longinos lancero en su delantera que, sobre su caballo, recula tras lancear el Divino costado de Cristo.
Y otro Cristo de Illanes. Tan parecido y tan distinto al que el Domingo de Ramos recibía la cruz en el Porvenir y al que el lunes santo, saltándose el protocolo de la liturgia manaba sangre y agua de su pecho antes de ser lanceado. A los pies de la Cruz la Virgen de Guía y San Juan se lamentan de lo que no tiene vuelta atrás, al igual que las santas mujeres. El calvario de clavel rojo ocupa toda la tablazón del paso que avanza con la zancada valiente al son del redoble trianero de la banda de las Tres Caídas. Sus gorras blancas suceden al canasto entre la multitud que poco a poco va midiendo sus mecidas para entrar, como un elefante por el ojal de una aguja, por la bocana de la Calle Cuna. Admiramos la trasera perderse entre los muros, el reflejo del guardabrisa casi rozando los balcones se va perdiendo en las paredes como señal inequívoca de que la noche va llegando a su fin.
A su Buen Fin, como la advocación de la Virgen que viene tras el misterio. Una Virgen linda, hermosa, guapa, enmarcada en otro original paso de palio, neogótico, bordado en oro sobre terciopelo rojo, y con la originalidad de ser el único paso de Virgen con una canastilla sobre la que se alzan los doce varales que sustentan las caidas. El encajonamiento de las mismas con los varales hace que los movimientos sean bruscos aunque medidos, avanza a la sombra de la Iglesia del Salvador a los sones de la Sociedad Filarmónica de Pilas. Después de ver adentrarse en la calle Cuna al misterio, ver al palio, de dimensiones más reducidas, a penas tiene intringulis. Anque mantiene la gracia de ir diciendo adiós con su manto a quien, como nosotros, nos quedamos viendose alejar a la cofradía.
Cuando se disipa la bulla buscamos la espalda de los palcos para encontrarnos con la hermandad de las Siete Palabras cruzando ante las puertas del Banco de España en dirección a la plaza Nueva. Los chinos serán testigos del paso de la cofradía de la Collación de San Vicente.
El primero de los pasos aparece desde Hernando Colón en silencio, el racheo va sellando las bocas de quienes aguardan su llegada. Las voces de mando de Pepe Luna resuenan en la noche sevillana, en cuyo eco flotan las notas de la banda de música que acompaña al palio de la Virgen de Regla, allá por el final de la Avenida. El paso de plata entero, sostiene al nazareno cuya hechura no puede evitar recordarnos a la zancada firme pero frágil del Señor del Gran Poder. Su túnica se cimbrea entre la fachada del banco y los tablones de los palcos a cada zancada de su cuadrilla.

Las túnicas blancas con el escapulario carmesí se suceden tras el nazareno precediendo al altísimo crucificado. Á qué altura llegará no deja de ser una incognita, el paso más alto de la semana santa de Sevilla ha tenido que pasar la avenida con su titular hundido en el monte calvario por las dichosas catenarias. Escalamos por Hernando Colón para disfrutar de unos de los calvarios más clásicos de la semana santa. El canasto, antiguo, rematado en cuatro candelabros de guardabrisa, acoge al misterio de las Siete Palabras. El Señor se dirige a su Madre en presencia de San Juan y María Magdalena. Los sones de Presentación al Pueblo de Dos Hermanas retumban ante los muros catedralicios en una calle con guasa para las corrientes y el costero derecho que mantiene los surcos del antiguo rail del tranvía de principios del s. XX.

Una vez que gira para tomar la plaza de San Francisco, disfrutamos de la marcha y la mecida, y buscamos el palio. El cortejo ha dado un cambio radical, los antifaces son ahora carmesíes, y los escapularios han dado paso a capas blancas. No muy atrás aparece el palio de la Vírgen de la Cabeza, esa talla que en sus inicios fue un ángel y que fue reconvertida en dolorosa. Bajo el palio burdeos avanza la Virgen de la cara pequeñita siguiendo el camino marcado por los dos primeros pasos de la cofradía. La Candelería encendida en su totalidad gana protagonismo en lugar de las tenues farolas amarillentas que vierten casi a desgana su luz por las aceras.
Es tarde, pero seguro que algún bar de hamburguesas y perritos calientes podremos encontar en algún lugar de la frontera entre el centro y el Arenal en el que perdernos unos instantes y cenar algo consistente mientras aparece, sin prisa alguna, la cruz de guía de la hermandad de los Panaderos. Ellos cierran el día y no tienen ningún animo de correr hacia su capilla, la noche se presta a la tardanza, por lo que el misterio se hará de rogar, aunque merecerá la pena esperar. Su aparición en la plaza es estelar, un constante de izquierdos y costeros saludaran al gentío que a esa hora de la noche aguarda su llegada. El Señor abre sus manos ante los sayones, prestándose casi al prendimiento, sin oponer resistencia, mientras en el lateral del olivo Judas se arrepiente del beso que, allá por Santiago, le diera en su mejilla al hijo del hombre.
Bajo la fachada del ayuntamiento la chicotá es eterna, los pajarillos de los candelabros de guardabrisa parecen estar dormidos, la banda de las Cigarreras echa el resto en este alarde de sevillanía en la jornada previa a lucirse con su hermandad. Por la calle Tetuán se pierde casi sin querer perderse, avanzando con el tambor lo que le pide.
Y el broche lo pone la Virgen de Regla. Su palio aún sin restaurar ha dado lugar a una de esas anécdotas que quedaran para los anales de las cofradías. Y es que las mismas bambalinas que bordara Rodriguez Ojeda en su día para la Macarena y que rindieron pleitesía a la Estrella en tantas ocasiones son las que hoy se mecen sobre la regia testa de la Virgen de la capilla de San Andrés.
Es característica en su candelería que las dos primeras tandas dibujen con sus cirios la cruz del santo que da nombre a la capilla, una candelería pobladísima de cirios encendidos en su totalidad, que da muestra del peso ingente que soportan sus tres primeras trabajaderas. El palio último del miércoles santo se mueve bajo una luna casi llena y un cielo completamente límpio de nubes testigo directo de la recta final de la semana santa.
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